La Coctelera

SIN RAICES A LOS 30

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Categoría: Literaxología

"Textos del Novosaurio" busca escritores

El recién creado proyecto editorial Textos del Novosaurio se encuentra en proceso de recepción de obras originales desde hace un mes. Esta nueva editorial  se ha propuesto ser la vía para sacar a la luz obras, dentro del ámbito de la narrativa, que pese a tener una notable calidad literaria pasan desapercibidas en la industria del libro.

"Estamos convencidos de que entre todas las que no han tenido la oportunidad de ser publicadas, existen obras que tienen algo que ofrecer a la Historia de la Literatura. Queremos encontrarlas. Y para ello queremos sumergirnos en la lectura de todos los textos que nos hagáis llegar y considerar así su posible publicación", se afirma desde TdN.

Si conoces a alguien que esté interesado, puede mandar a TdN un extracto de su obra -un capítulo representativo del conjunto en el caso de una novela o un máximo de tres relatos breves (no más de 20 páginas)- a cualquiera de las siguientes direcciones:

info@novosaurio.com
textosdelnovosaurio@gmail.com

Desde TdN se pide que, junto a los textos, se indique nombre, fecha de nacimiento y una forma de contacto, así como una breve información sobre la obra y el autor.

"Tened en cuenta, por favor, que si nos enviáis textos demasiado largos, probablemente no los leeremos. Somos conscientes de que se pueden perder obras buenas, pero también creemos que es la única fórmula que tenemos para optimizar nuestra búsqueda", indican los editores del proyecto.

IMPORTANTE: en ‘Textos del Novosaurio' NO nos planteamos el copago o ninguna otra fórmula que suponga coste alguno para el autor.

www.novosaurio.com

'If', de Rudyard Kipling // (Lecciones para aprender a vivir)

Si bien es cierto que las personas que nos rodean y las circunstancias que asaltan nuestro camino a diario, ya sean buenas o malas, van ayudándonos a moldear nuestra personalidad y nuestro carácter, nos aportan experiencia para afrontar adversidades o para disfrutar los placeres, no hay nada ni nadie que pueda darnos o enseñarnos más que nosotros mismos. El conocimiento de uno mismo únicamente se alcanza mediante la reflexión. If es un poema de Joseph Rudyard Kipling, de quien hace un tiempo escribí este artículo, que considero una fuente inagotable de consejos. Lo consulto de vez en cuando y siempre hallo un verso que se adapte a mi presente. Es un ejemplo fabuloso de la fuerza condicional de la autoestima y la humildad. Espero que os guste tanto como a mí

(Traducción libre del original)

Si 

Si puedes mantenerte en tu sitio cuando a tu alrededor
todos pierden la cabeza y te culpan:
si puedes confiar en ti mismo cuando todos duden de tu palabra,
pero a la vez comprendes sus dudas;
si puedes esperar sin cansarte de esa espera,
o aunque eres engañado no pagar con mentiras,
o aunque eres odiado no albergar odio,
sin vanagloriarte ni hablar con altivez...

Si puedes soñar sin que los sueños se adueñen de tu ansia;
si puedes pensar sin hacer los pensamientos tu meta;
si puedes enfrentarte al Triunfo y la Catástrofe
y tratar por igual a estos dos impostores;
si puedes soportar el oír una verdad que has dicho,
tergiversada por granujas para engañar a los necios,
o contemplar aquellas cosas a las que habías dedicado tu vida  destrozadas,
y agacharte y reconstruirlas con las herramientas ya desgastadas...

Si puedes crear un ajuar con todas tus ganancias
y arriesgarlo todo a una sola carta,
y al perder, comenzar de cero desde el inicio
sin hablar nunca de lo mucho que tuviste;
y si puedes forzar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
para que te sirvan en tu camino cuando ya hayan perdido su fuerza,
para resistir, porque ya no te queda nada excepto La Voluntad
que les dice "¡Continuad!".

 

Si puedes hablar con las multitudes y mantener tu virtud
o pasear junto a Reyes y no variar tu sentido común;
si ni el peor enemigo ni tu amigo más amado puede dañarte,
si todos cuentan contigo, pero nadie demasiado;
si puedes recorrer ese minuto que no perdona
con sesenta segundos que merezcan la pena,
entonces hijo, tuya es la Tierra y todo lo que en ella hay,
y lo que es más, te convertirás en Hombre.

Encuentro con Juan José Millás en el metro

Acabo de coincidir en un vagón del metro con Juan José Millás. Es un escritor, aunque os suene a queso de untar. Hemos cruzado las miradas. Sí, ya sé que no es un hecho especialmente significativo. Sin embargo, os contaré que hace cosa de un mes estoy leyendo algunas de sus obras, empecé por "El desorden de tu nombre", después "La soledad era esto" y ahora estoy con "Los objetos nos llaman" (la verdad es que me está defraudando...). Ya, tampoco es significativo, de acuerdo. Pero y si os digo que poco después de empezar el primero de esos libros le escuché decir en la radio que muchas de las historias que escribe se le ocurren en el metro la cosa cambia. Yo iba leyendo un número antiguo de la revista Letras Libres y quizá eso es lo que le ha llamado la atención, porque yo portaba una indumentaria poco acorde con el arquetípico lector de revistas culturales.

Yo no sé si el hecho de haber cruzado las miradas será motivo suficiente para que escriba una columna sobre mi persona como icono global del "neomacarra literario". Como esto es considerablemente improbable, y dado que la anécdota ha suscitado en mí una infranqueable necesidad de transcribir el encuentro visual literariamente he sacado mi libreta y me he puesto a escribir esto a trazo rápido. Dos paradas después se ha levantado, ha pasado junto a mi asiento, he levantado la vista y le he visto mirar de soslayo mi libreta, por supuesto ha erguido el rostro y se ha hecho el desinteresado. Sé que buscaba robarme la idea... he puesto una mano encima, por si acaso. Creo que se ha quedado con ganas de decirme algo, pero me imagino le habrá dado vergüenza.

Cómo escucha un amigo

"Siddharta se sentó junto al anciano y empezó a hablar lentamente. Ahora contaba lo que nunca había dicho: sobre su camino hacia la ciudad, de la herida dolorosa, de su envidia al ver a otros padres felices, de su conocimiento, de la necedad ante tales deseos, de su inútil lucha contra todo aquello. Lo contó todo; podía decirle todo, incluso lo más delicado; a Vasudeva se le podía explicar todo, mostrárselo, narrárselo. Le mostró su herida, le contó su última fuga: cómo hoy se había dirigido al otro lado del río, como un niño fugitivo, dispuesto a ir a la ciudad. Y de cómo el río se le había burlado.

Habló durante largo tiempo. Mientras se desahogaba. Vasudeva escuchaba con su cara sonrosada; Siddharta sentía que esa atención de Vasudeva era más fuerte que nunca. Notó que sus dolores y temores se le transmitían, y cómo Vasudeva se los devolvía. Mostrar la herida a ese oyente era como bañarla en el río hasta que se refrescara la herida y el cuerpo que la padecía. Y Siddharta continuó hablando, reconociendo, confesando; cada vez se percataba que el que le escuchaba ya no era Vasudeva, ya no era aquel hombre inmóvil, que se impregnaba de su confesión como el árbol se empapa con la lluvia; ese ser inmóvil era el propio río, el dios mismo, la eternidad en persona".

 

En Siddharta",  de H. Hesse

Avis metrum

Posada sobre el cable eléctrico, observó durante semanas, con los ojos abiertos como si se le fueran a salir de las cuencas, a las personas aparecer y desaparecer por las escaleras. Pensaba, gorjeando a saber qué restos de bilis o alimentos, a dónde irían y de dónde vendrían todos esos seres que se metían allá abajo.

 

En un atardecer anaranjado, de los que no tienen nada en especial para los cobardes, se introdujo volando alto, chocando la cabeza contra el cartel metálico que rezaba "Atoche Renfe" y esquivando los dedos índices que la señalaban. Voló aturdida, se detuvo, caminó junto a las vías, y cuando se sintió cómoda emprendió el vuelo hasta perderse en una nueva noche, escondida tras la cortina invisible del túnel. Y se acostumbró a no tener aire libre y se alimentó de 'insectos-sombra' y 'gusanos-tren', cambió el tráfico de afuera por el de las locomotoras con su infinito ir y a venir. Desde la oscuridad observaba a las personas esperar en el silencio entrecortado de la estación, sin temor a sus patadas. Tranquila y feliz, disfrutaba de su nueva vida murciélaga, del juguetón temblor de la tierra. En un hueco y frío hueco de la pared eligió el lugar para anidar.

Pasaron los meses y  sus huevos, cubiertos de polvo y óxido, se resquebrajaron sin complicación. De ellos nacieron tres animales extraños, oscuros y sordos, uno de ellos apenas sobrevivieron a la primera noche. Esa única y perenne noche. Los otros sí sobrevivierpon y acostumbraron su pequeño estómago a los 'bichos-hollín' que  le llevaba la madre. Esta  se sorprendió de que a uno de ellos no le crecieran plumas, sino que la piel se le pusiera gris y lánguida y unos delgados dientes le crecieran en el pico. Pero sólo fue consciente de su error al verle devorar a su débil hermano y descubrir la enorme cola retorciéndose en el agujero. 

Un grado más de experiencia

No intentes ganar premios.
A casi todo el mundo le gusta ganar premios.
Los premios dan prestigio y el prestigio da beneficios.
Pero no te fíes.
Los premios los otorga un tribunal basándose en lo conocido.
En otras palabras, basándose en lo que está de moda.
Y como sigue sin recibir la aprobación del tribunal, se puede decir que la originalidad está reñida con la moda.
No intentes seguir las modas.
Sé fiel al objeto de tu trabajo y tendrás muchas más posibilidades de crear algo eterno.
En eso consiste el auténtico arte.

 

PAUL ARDEN (1940-2008) 

 

(Fotografía: "La Espera". Tomada en Pontevedra en agosto de 2008. Trifón Abad)

Letras

Recientemente la revista literaria virtual Gotas de Tinta me ha publicado dos poemas y un cuento breve. De los dos poemas este es menos intimista, así que lo pego en el blog. En cuanto al relato, es una metáfora de la eutanasia personificada en un edificio antiguo que desea ser derribado. Un poco duro. Podéis leerlo aquí, pinchando sobre mi nombre, claro, en el apartado de narrativa. Espero que os gusten estos versos.

 

Déjalas flotar entre tus labios,
adoro las letras sinceras hechas aire.
Tomo su estela de plata
y enjugo con ella mis lágrimas. Infalible.

Si no salen francas
qué mal huelen...
con ese entorno de lamento ocre.
Malditas letras falsas de aire sucio,
¿quién os creó?
¿Por qué acudís a mi boca sin reclamo?
Deberíais estar presas en nubes huecas,
atadas al abismo del océano,
fustigadas en gemidos de la calle,
en libros de mentiras y de ángeles,
en fondos de últimas copas,
en el oscuro cañón del fusil.
Miraos, letras falsas,
utilizadas por hombres falsos.
Despertad, sacudíos, rebelaos.

Porque yo os amo reales, letras.
Y sanas.
Como semillas ocultas en el barro,
como un lazo desatado en el zapato del niño,
como la luz de un susurro al despertar,
como el abrazo de un padre,
como la última página de un libro.
Así os amo, letras. Y no engañadas.

 

Trifón Abad

Retazos de vida = Relatos de Carver

Me dijo un amigo:

-Últimamente no acierto. Todo lo que leo me desencanta.

Me pidió que recomendara en este blog alguna lectura o carverautor.

Ya me había arrimado a la orilla de Raymond Carver, aunque sólo me mojé los pies con sus letras. Hará un año. Fue por casualidad, por una especie de suerte de intertexto. Trabajaba en el análisis de un relato de Chéjov y descubrí que Carver había escrito “Tres rosas amarillas” inspirándose en los últimos días de la vida del gran maestro ruso del cuento. Fue el primer relato que leí del que fue denominado el Chéjov norteamericano. El próximo verano se cumplirán veinte años de su muerte.

Toda la obra literaria de Carver se compone de pequeños fragmentos de realidad. De personas en diálogos, dejando pasar el tiempo, bebiendo, amando, sufriendo, agonizando, disfrutando. En fin, viviendo. Pero su realismo no consistía en fotografiar momentos, sino en mirar el envés de las fotografías, lo que hay escrito en ellas, por detrás, escondiéndose en los latidos de la cruda cotidianeidad. Disponía a los personajes y dejaba que emanaran de ellos las emociones. Y fluían con efectiva simpleza.

De Carver hay que elogiar su empaque para no someterse a las modas, a los designios de la literatura impuesta por los grandes cuentistas teorizadores. Para él la circularidad del cuento o el final cerrado no entrañaban misterios, ni si quiera la necesidad que se le presupuso durante siglos. Leer un cuento de Carver es como degustar un buen vino y que no te digan de qué cosecha es, simplemente te deja disfrutando el sabor en el paladar y mantiene el secreto, te permite imaginar un desenlace, pesquisar sobre el futuro, jugar a crear un final propio. O nada de lo anterior. Cuando alcanzas el punto y final, sientes que todo está perfectamente cosido, sin hechuras, sin pespuntes inacabados, a pesar de ofrecer finales abiertos como el océano, con tantas posibles conclusiones como corrientes con sus respectivas e interminables temperaturas oscilando. Asomarse a un cuento de Carver, sirva la comparación, es cotillear en la intimidad de una vecina y que baje los visillos justo cuando va a despojarse del camisón, en los llantos de una pareja que sufre la permanencia del coma de su hijo, en la angustia del marido que no cuenta a su mujer que ha hallado un cadáver junto al río… Es una ficción real, un realismo extraído de la más profunda crudeza, tal y como es la realidad, que llena las páginas de los periódicos, las conversaciones en los bares, los libros de las estanterías.

Es esa sensación de curiosidad y de plenitud simultánea la que sacia en sus cuentos, sacia a la vez que mantiene abierto el apetito para una nueva lectura, para internarnos como sucios voyeurs en el día a día de un nuevo Bob, de un Jack, o de una Lisa, cualquier nombre de vecino vale, cualquier entorno social, país o lengua, porque en sus historias la universalidad es el motor, perfectamente engrasado, que permite al argumento funcionar sin sobresaltos, con claridad, con un sonido nítido y ágil, como la propia vida. Porque en la vida no hay un punto final, excepto cuando la muerte nos da alcance, esa maldita cazadora que nos robó a uno de los más grandes contadores de historias de nuestro tiempo cuando mal disfrutaba de su medio siglo de existencia.