La Coctelera

Categoría: Modus Vivendi

Dentro del arte

Vivía dentro del arte, de su composición, de su inspiración, de su tiempo bien invertido.

Al morir tenía los bolsillos vacíos, los cajones vacíos, las cuentas bancarias en rojo.

Pero alrededor de su cuerpo todo brillaba, con un reflejo y una fuerza como nunca antes se vio.

Para todos los que creen en su arte, aunque este no se traduzca en dinero.

 

 

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Biografía de Facebook. ¡La tiranía de las redes sociales continúa!

Otra vez me encuentro ante una decisión difícil, dura y trascendente como pocas antes. Decisiones de trabajo, elegir una hipoteca, cambiar de banco, dónde quedar con un amigo que hace años que no veo, qué novela o qué serie comenzar a leer o ver... son todas ellas disyuntivas banales si las comparamos con las decisiones que se me plantean gracias al maldito cosmos generado por el tema tecnológico.

Lo de empezar en Facebook no cuenta como trauma, porque comencé desde hace mogollón de tiempo, creo que antes de que el puto Zuckerberg desarrollara la idea, yo ya tenía una cuenta.

Twitter

La primera decisión realmente dura fue la de abrirme una cuenta en Twitter. Un colega, que casi tiene que ir a una clínica de desintoxicación para dejar de pensar en 166 caracteres me dijo: "te va a encantar, es para gente como tú: lúcida, rápida de pensamiento, humor, ideas cortas, síntesis y contenido: ¡zas!". A todos nos gustan que nos adulen, al menos un poco de vez en cuando, así que me registré. Pues no me ha enganchado nada. Me parece una pérdida de tiempo peor que Facebook. En esta, al menos puedes ver las fotos de tías en la playa. Pero en Twitter solamente he localizado cuatro tipos de perfil, aparte de los tweetstars y las promos de los community manager. Digamos que, dentro de los usuarios de a pie, están:

a) cultureta enrollado. Encima en línea poppy piruleta, me da náuseas
b) superfriki que busca la frase más ingeniosa de la década 
c) activista político disfrazado de persona normal
d) idiotas que preguntan "¿qué tal va ese martes?" a una nebulosa de millones de personas

Pues a lo mejor es envidia, ya que apenas supero los 70 seguidores, pero lo cierto es que he comprobado que entre la gente normal, la cantidad de seguidores es directamente proporcional a los tuits emitidos, más o menos en un 5 por 1. Cada cinco tuits, un seguidor. Y cada cien seguidores... ¿un excremento de pájaro azul? La verdad, no le veo el sentido, es como la gente que cree que coleccionar amigos de Facebook es como rellenar un album de panini infinito. Twitter es a la información como un merengue a la dieta.

El smartphone

La segunda decisión realmente chunga a la que me enfrenté en esta reciente era cibernética, fue la de pillarme un smartphone, con conexión a internet 24 horas. Creo que gano tiempo y salud mental si me insertan directamente una tarjeta de memoria miniSD en la parte del cerebro que no utilizo -dice el mito que un 90%- y así al menos, mi dedo meñique tardará más en atrofiarse.

El caso es que me pillé un HTC de gama baja, y fue un verdadero acierto. Las  razones son varias: 
a) ahorro dinero gracias al WhatsApp
b) puedo jugar al Apalabrados. Por cierto mi usuario es: Noiserfan
c) puedo ver las fotos de facebook de tías en la playa en cualquier sitio. Incluso en el baño

Ahora soy un fan de Android a muerte. Bueno, la verdad es que únicamente utilizo el móvil de manera habitual -léase "enfermiza"- en los supuestos a) y b), pero mi vida ha mejorado notablemente. Leo menos, cierto, pero gracias al Scrabble virtual aprendo palabras nuevas que no emplearé en mi puta vida, ya que muchas son términos en desuso de jergas rurales panameñas u honduerñas -no tengo nada en contra de sus vocabularios, conste-, y vivo obsesionado por encajar una Z en una casilla verde unas 10 veces a la semana. Actualmente llevo siete partidas en liza. Anda, mira, liza, esa en una triple con triple Z sería una buena jugada... Lo dicho, obsesión.

La biografía de Facebook

Pues cuando todavía estoy asimilando que no debo usar el FourSquare de manera visceral para que el grupo  balcánico de excombatientes de élite, que se ha hecho amigo mío en Facebook haciéndose pasar por una veinteañera sensual de piel tostada fotografiada con una playa de Brasil de fondo -¡perfiles falsos, esa lacra!- no entre en mi casa a robarme el ordenador -mi bien más preciado, qué triste que sea un notebook del 2006- en mi ausencia mientras veo una mierda de comedia romántica francesa subtitulada como el culo en el cine, me llega Facebook con la jodida Biografía.

Si no me he enterado mal la cosa va así: a partir de ya, de manera obligatoria, voy a tener que adherirme a la secta de los perfiles con biografía en Facebook. Lo cierto es que hasta ahora había sido un defensor de esta red social y de su manera descarada de robar nuestra intimidad, nuestro material gráfico más cool, o conocer desde cual es nuestra ideología política hasta cuáles son nuestros grupos de música, para de esa forma poder ofrecernos publicidad cruzada de destinos turísticos o entradas de conciertos. Si eres de Izquierda Unida pero escuchas a Enrique Iglesias, lo normal es que te salten banners de ofertas a Lanzarote. Sirva como ejemplo.

De hecho, vivimos en una sociedad en la qua ya hemos vendido nuestra identidad a la red social, teniendo en cuenta que la mayoría de la juventud es laica y la red social llega a cualquier lugar y es capaz de movilizar a masas enteras, la similitud con "vender el alma al diablo" es evidente.

Así que, aquí me hallo, decidiendo qué foto colocar de fondo en mi nuevo perfil-biografía-mural de Facebook, para que mi derecho a la intimidad se vea vulnerado de la manera más cool, elegante, profesional y simpática posible.

Si lo sé, elijo la pastilla azul... ¿o era la roja? Espera que lo miro en un momento en mi HTC Wildfire... :)

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Carta urgente certificada

-¿Sí? -pregunté sin tratar de esconder mi asombro y curiosidad.
-Correo urgente certificado -contestó un varón al otro lado.

Al abrir pensé en la mala imagen que muestra aparecer ante alguien envuelto en una bata, con las espinillas al descubierto, los calcentines subidos hasta los gemelos y el pelo desaliñado, como si hubiese pernoctado una familia de aves sobre tu cabeza. No ayudaba haber llegado la noche anterior a casa a las cinco o las seis de la madrugada, completamente borracho, y que apenas hubieran pasado un par de horas desde que me acosté cuando el sonido del timbre se me clavó, a la cuarta, en la sien. El tipo vestía completamente de naranja, casi tuve que taparme los ojos al verlo.

-Hola, ¿el señor Jaime Suviant?
-Hola. Sí, soy yo.
-¿Podría mostrarme su DNI por favor?
-¿Es necesario?
-Sí, señor.
-Bueno, espere un momento -dije, después de rebufar sonoramente y abrir los ojos en un intento de recordar dónde tenía mi cartera.

Bolsillo superior izquierdo de la chaqueta: vacío.
Bolsillo interior de la chaqueta: vacío.
Bolsillo delantero izquierdo de la chaqueta: mechero de publicidad gastado
Bolsillo delantero derechode la chaqueta: Vacío.
En los pantalones sólo encontré el móvil y algo de dinero suelto. Eché un vistazo por la habitación, sin demasiada esperanza de hallar el trozo de cuero mientras el frío insistía en subir y bajar por entre mis piernas, aprovechando las corrientes que atravesaban mi bata. Me preocupó no encontrar la cartera, pero no me encontraba con fuerza ni humor para esa tarea, así que intenté solucionar el problema directamente.

-Mire, no encuentro la cartera ahora mismo... ¿no vale con que le diga mi número de DNI?
-No señor, insistieron mucho en que comprobara que lo entregaba al señor Suviant y yo no tengo su número aquí, si usted me diera otro no podría comprobar que es usted hasta que llegue a la oficina a mediodía. Para entonces ya sería demasiado tarde y podría haber leído la carta.
-Pero en el buzón pone mi nombre y esta es mi casa, creo que no puede haber mucha posibilidad de error. Mire -cogí una carta abierta que había en la encimera de la entrada-, estas cartas son mías, las abrí yo mismo. ¿Ve? Es mi nombre.
-Lo siento... puedo volver más tarde si quiere... -el desdén del re-par-ti-dor-de-co-rre-o me sacó de mis casillas, y más cuando vi que se giraba un poco a la izquierda haciendo un claro ademán de darse la vuelta e irse, haciéndose el ocupado con esa mirada al vacío-...Pero no puedo entregarle la carta.

-Mire, pues mejor ya no vuelva hoy...-le dije, echándome hacia atrás y sujetando la puerta, amenazante.
-Pero es urgente, señor y mañana es día festivo... no hay correo...-dijo el tipo volviendo a mirar directamente a mis ojos.
-Tengo el carné de identidad y el de conducir en la cartera, y no tengo otro documento en el que aparezca mi número, creo que no pasa nada si me da la carta y yo firmo el papel -le dije, alzando un poco la voz y dando un paso al frente, enfadado con mi resaca en general y con el tipejo de naranja en particular.
-¿No tiene el pasaporte?- dijo, con una media sonrisa.
-Pues no, no lo tengo -dije, con resignación, más calmado, pensando que el re-par-te-cartas-ur-gen-tes condescendía.
-Lo siento, volveré más tarde -puntualizó, girándose por completo.
-Oiga... -le dije acercándome a él por la espalda, atravesando el umbral de la puerta de mi casa.
-¿Si? -contestó el repartidor de correo que parecía un repartidor de refrescos.
-Verá...- dije, mirándole a la cara. Y, de repente, con un gesto felino de depredador hambriento que no sé de dónde salió, lancé mi mano hacia el sobre y se lo arrebaté de las manos sin darle tiempo a reaccionar.

Al darme la vuelta, mientras el tipo balbuceaba algo, el vértigo se apoderó de mí: el aire que antes jugueteaba por mis ingles empujaba la puerta. Llegué tarde, y me quedé empuñando el pomo con la mano derecha y alzando la carta con la mano izquierda. Me giré y el tipo me dijo con claro gesto de estar disfrutando con la situación:
-Bueno, usted me dirá lo que hacemos...

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Breve guía para amar la música

 

1.-Tener música. El formato no es importante.

2. -Tener al menos una oreja con el sistema auditivo habilitado para escuchar (asegurarse de que se encuentra en estado ON).

3.-Tener un cerebro hábil y adecuado para decodificar.

4.- Tener corazón para todo lo demás.

5. -Los ojos pueden estar abiertos o cerrados, según el parecer del usuario.

6. -Importante: no olvidar respirar en todo momento.

 

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De 'Los Soprano' a 'Mad Men' ¿me estoy enganchando a las series?

Vayan por delante dos aspectos: 1) Que no he visto ni sólo capítulo de Lost, y que la simple idea de planteármelo me da una pereza inenarrable. 2) No voy a destriparle el final de ninguna serie al lector.

Lo cierto es que nunca he sido un apasionado de las series. Vamos que me tragaba capítulos de Sensación de vivir y de Melrose Place porque las veía mi hermana y porque mi creciente sexualidad se sentía satisfecha a pesar de la nada sexy indumentaria de primeros de los 90. El caso es que aquellas Amanda Woodward (que ahora tiene casi 50 años O.ô ), Kelly Kapowsky y compañía eran lo más de lo más para mi floreciente mentalidad mononeuronal. En fin, a lo que iba, que no me enganché a Twin Peaks, ni a Expediente X, ni a Prison Breaks, ni a Anatomía de Grey, ni a House, y mucho menos para qué hablar de otras como Los Serrano, Física y Química, Sin tetas no hay paraíso, Los hombres del Paco y todo eso... Aunque para ser plenamente sincero admitiré que me tragué la primera temporada de Aquí no hay quien viva. La excepción que confirma la regla, hasta...

... Los Soprano.

Recomendada y requete-recomendada por amigos cinéfilos, freakes enganchados a media docena de series simultáneamente (no es una exageración) y gente de a pie que baja religiosamente a comprar su barra de pan perfectamente ataviada con su camiseta de Al Pacino disparando poseso en 'El precio del poder', finalmente accedí a comenzarla. La conexión que la creación de HBO tuvo en mi inexperto cerebro, en cuanto al formato serie se refiere, fue inmediato. Me enganchó de tal modo que pasé varios domingos viendo capítulos incluso comiendo en la cama. Algo que no hacía desde la pasada Eurocopa.

Comencé pronto a desarrollar sinceros sentimientos de repulsa, admiración y cariño por cada uno de los personajes; a sentirme identificado con la necesidad de asumir ciertos valores éticos, a repudiar las conveciones sociales impuestas, a valorar a los amigos más allá de lo que podría creer... y también a dormir menos horas de las deseadas.

Coñas y prámbulos aparte, he de admitir que los muchos hilos entremezclados, giros inesperados y las sensaciones ya olvidadas que me aportaron los guionistas de Los Soprano, me llevaron a confiar en que la adicción a una nueva serie me satisfaría.

Mad Men
Probé con The Wire y no terminé de engancharme del todo... y, tras leer este verano un estupendo reportaje en un dominical, titulado 'Pensamiento crítico en la caja tonta', en el cual, además de debatir sobre la calidad literaria de algunos guiones -una cuestión muy interesante, ya que se tiene al cine como séptimo arte, y la calidad cinematográfica de estas producciones supera en muchos casos a los mitos de la gran pantalla-, se colaron algunas pinceladas de la trama de Mad Men. Al comprobar que tras ella estaban los hilos de Matthew Weiner, creador y productor de Los Soprano, me decidí a "pillármela".

Puesto que el guión de Los Soprano es una verdadera OBRA DE ARTE y que desde el punto de vista técnico compone una auténtica genialidad, no esperaba menos de Mad Men, y he de admitir que no me ha defraudado en absoluto.

Me encuentro en el ecuador de la primera temporada y me tiene totalmente enganchado, promete una barbaridad y tanto la calidad del guión, como la profundización psicológica en los personajes -algo en lo que el formato serie supera a la película de toda la vida, por disponer de más tiempo, lógicamente, y que a mí, personalmente, me resulta muy inspirador desde el punto de vista creativo- me parecen dos cualidades sublimes para mantenerme atento a la pantalla con cada vez mayor fruición. Además, el ámbito en el que se desarrolla la serie es tan atractiva como el del mundo de la mafia latinoamericana: las grandes empresas de publicidad de mediados del XX en Nueva York... una sociedad eminentemente blanca que comienza a mostrar sus grietas xenófobas, sus miedos a la liberación de la mujer, su ambición por el dinero y la apariencia, las cicatrices mentales de las grandes guerras y la paranoia antisoviética... 

Contemplar los capítulos de esta maravilla televisiva se me antoja en ocasiones como leer el magnífico y desconcertante cuento 'Para Esmé, con amor y sordidez' de Salinger (el texto está en el enlace, es una verdadera pasada) o la novela de Cheever, 'Esto parece el paraíso'. Hay algo del primer Auster, el de 'Trilogía de Nueva York'. Esa sociedad en descomposición que requiere de su propia falsedad para hacerse a sí misma, ese miedo a mirarse al espejo y profundizar en la propia mirada, las envidias, la hipocresía, auténticas pesadillas del sueño americano, que no hace mucho venimos importando junto a las hamburguesas y los Starbucks, y se han convertido poco a poco en nuestro propio sueño europeo... Guiones como este nos ayudan a reflexionar, y, si sabemos enfocarlo, incluso nos pueden convertir en personas mejores.  

--Me pregunto:_ ¿me estaré volviendo un adicto a las series?  O.o
--Me respondo:  si son así de buenas, ¿por qué no?   n_n

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La costumbre (microrrelato)

 

Papá solía morirse un par de veces al día. A mamá el asunto no le hacía mucha gracia, pero se acabó acostumbrando. Él cogía y se moría de repente, así, sin avisar. Pero con la práctica fue generando un instinto para sacarle el máximo partido a sus defunciones. Como mamá le había dicho que yo me asustaba y ponía una mueca de pánico, papá me decía, guiñándome el ojo: "me muero, pero de broma". Solía aniquilarse en el sofá, generalmente a la hora de fregar los platos, si su equipo perdía de paliza, si mamá llegaba oliendo a otro hombre,  cuando los telediarios hablaban mucho rato de guerra y de hambre... Cada muerte duraba de media tres horas, pero un día, ya habían pasado doce y aquello empezó a oler a podrido. Grité alarmado y mamá llamó a una ambulancia. Después se volvió a tumbar de medio lado en la cama. "La costumbre", me dije...

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Reflexión sobre la indigencia - "Gente que sobra"

Llevaba tiempo dando vueltas a tratar el aumento de personas pobres que invaden Madrid. Es un tema que retumba en mi cabeza desde hace ya varios meses, algunos años quizá. Concretamente desde que comenzó la crisis, y el aumento es palpable. El asunto me late en la sien aún con más fuerza desde el día que hablé con mi amigo Antonio de la extraña mezcla de incomodidad, compasión y lástima que nos sacude el cuerpo cuando pasamos ante un pobre, indigente, mendigo, sintecho... Llámalo 'x' porque a nadie parece importarle su nombre.

Y me he decidido a escribir esto gracias a un enlace de mi amiga Esther en Facebook. Hoy Juan José Millás -como escritor puede gustarnos más o menos, pero como observador y "radiografiador" público es experto donde los haya- usa su breve espacio de El País con 'Gente que sobra'. Lo clava, con frases como

"En el vagón del metro distingues enseguida a los que sobran. Son tres y lo llevan escrito en la frente".

Mi amigo Antonio, con el sufrimiento sincero que siempre deposita en sus reflexiones críticas, me dijo algo así como:
-Tengo un problema que me atormenta.
-¿Qué te pasa?- dije preocupado, pensando que se trataba de algo personal, familiar, relacionado con el trabajo o la salud.

Lo que le pasaba era algo parecido a lo que nos ocurre a todos. En el camino de su casa hasta el trabajo -vive en el centro de Madrid-, se encuentra con cinco personas pidiendo en la calle. Fue capaz de definirme a cada uno de ellos, de ponerles edad aproximada y de suponer su origen étnico e incluso su nacionalidad. Su problema era/es que si no les daba dinero a cada uno de ellos cada día se sentía profundamente dolido, y si lo hacía, se sentía prácticamente igual. Yo al principio no comprendía la segunda parte de su queja. Uno suele sentir una especie de alivio moral, de descanso en nuestra necesidad de solidarizarnos cuando deposita 20 céntimos en ese plato o sombrero roído, pero el problema reaparece cuando se dobla la esquina y unos ojos y una voz ininteligible, cansada de repetir la misma frase, vuelven a solicitarte ayuda. Cartones en las esquinas, mensajes en cajas de zapatos escritas con faltas de ortografía, periódicos en las puertas de los supermercados... Yo, muy seguro de mi buena voluntad, le dije lo que solía hacer:

-Si llevo algo suelto lo doy por la calle, y cada vez que voy al supermercado suelo comprar un cartón de leche más y se lo entrego a quien hay en la puerta.

Con eso sentía que mi sed solidaria se calmaba, me sentía buen ciudadano y veía el agradecimiento en los ojos de quien recibía mi dádiva, pero ahora, cada día más, lo veo insuficiente.

Vivo y trabajo en el centro de la capital, y paso por cuatro puntos especialmente conflictivos para mi cómoda existencia en pleno corazón de la sociedad del bienestar. Conflictivos para mi moral en cuanto al tema que estoy tratando. En total me suelo encontrar una media docena pidiendo en la calle. Voy a casa a comer, por lo que esta experiencia se multiplica por 4 diariamente, a veces uno ha desaparecido, a veces hay otro nuevo que me aborda por la calle. Pero está claro que la costumbre te lleva a cierta pasividad ante el problema. Te haces inmune. Es triste, pero es así.

Mi amigo Antonio, siempre con buen criterio me dijo más adelante:
-¿Por qué tengo yo que soportar en mi espalda la responsabilidad de que esa gente pueda vivir mejor? Eso debería ser responsabilidad del Estado.

Y me surgen dudas. ¿Debería ser el Gobierno capaz de crear suficientes infraestructuras para dar techo y comida a los pobres?

Casi 80 millones de personas viven por debajo del umbral de la pobreza en la Unión Europea y 17 millones de ellos son niños.

En los modelos nórdicos hay pensiones para personas adultas pobres, en el anglosajón se trabaja duramente para reducir la pobreza y facilitar el acceso al trabajo, pero España no se caracteriza precisamente por su ayuda al sintecho. Más bien esta responsabilidad queda en mano de la Iglesia, de ciertos comedores sociales insuficientes, voluntarios que sobre todo en invierno donan de comida, bebida caliente y mantas a los indigentes, y del bolsillo de los viandantes.

El asunto no es de solución sencilla, claro está. España siempre se ha caracterizado por ser un país donde la apariencia es casi tan importante como la realidad, si no más. Por eso muchos casos de indigencia quedan ocultos, no salen a la luz por vergüenza de quien los sufre. Por otro lado también nos caracterizamos por nuestra tendencia a vivir lo mejor posible y por intentar escaquearnos del trabajo. No se puede generalizar, pero todos sabemos de lo que hablo.

El holandés denuncia a su vecino si cree que ha estafado a Hacienda, y el español invita a una ronda en el bar gritando que le ha levantado 1000 euros al gobierno ante los vítores de los presentes, incluso de aquellos que es la primera vez que ven el rostro del 'agraciado'.

Por esto, el riesgo de que el ciudadano se "acomode" si el Gobierno le ayuda sistemáticamente ante cualquier circunstancia es elevado en nuestra cultura -similar a Grecia, Portugal e Italia, los cuatro países del modelo de Estado de Bienestar Mediterráneo-. No se trata de justificar nada, simplemente es una reflexión en voz alta.

La solución, por supuesto, nunca puede ser la política de expulsión como la que está llevando a cabo Francia con las etnias gitanas, pero sí es necesario que este asunto se tome con mayor seriedad y se promuevan iniciativas a favor de la ayuda al indigente. Esto es:

¿Es muy complicado sacrificar inversiones en hacer una calle peatonal a cambio de abrir un edificio público abandonado y utilizarlo como dormitorio o comedor social?

Por último habrá que recurrir al tópico de siempre: hemos sido históricamente un país de emigrantes, y ahora nos toca poner nuestra cazuela sobre la mesa para "el otro". Es ley de vida y así lo será. Mientras que por ahí arriba buscan una manera de ayudar de manera más general -no parece que se estrujen demasiado la cabeza en ello, porque hay cosas más importantes, vamos, que dan más votos-, por aquí abajo el ciudadano puede comprar un carton de leche más, o un kilo de naranjas para dejarlas junto al plato de quienes lo necesitan. Siempre que él no lo necesite más, que nunca se sabe hacia dónde y hacia quién se disparan las palabras. Como dicen que ya "todo el mundo" tiene acceso a Internet...

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Aprender de los maestros: Raymond Carver

Cada medio año, aproximadamente, suelo leer este texto de Carver (1938-1988). Por un lado me sirve para reunir un gran número de lecciones que parecen dadas directamente a los que vemos en la escritura algo tan necesario como la alimentación, por otro contiene un buen número de nombres de autores que aún no he leído y que, si eran de obligada lectura para él, pueden serlo para mí. Me veo identificado en algunos fragmentos, me siento animado en otros, e incluso en algunas frases siento que me echa la bronca. Carver ha sido uno de los maestros del cuento contemporáneo. Su libro 'Catedral' quizá es uno de los libros de relatos más complejos y hermosos de la literatura estadounidense.

Un artículo que escribí hace años sobre este genial autor

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"Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.

Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O'Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin... Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.

Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.

Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio... Entonces tendré al menos esa ficha escrita. "El esmero es la ÚNICA convicción moral del escritor". Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa "única convicción moral", deberá rastrearla sin desmayo.

 

(...) Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Sólo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores.

Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro

(...) Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas -Barthelme, por ejemplo- no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo.

Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos -una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer- con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Nabokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: "Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde". Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.

Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde

En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento -si las palabras resultan oscuras, enrevesadas- los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotros. Henry James llamó "especificación endeble" a este tipo de desafortunada escritura.

Tengo amigos que me cuentan que deben acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. "Lo haría mejor si tuviera más tiempo", dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. (...) Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.

Tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: "Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono".

 Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla. Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir.

Cuando siento que una nueva historia me amenaza, de esa propia amenaza puede surgir el texto

Me gusta hacerlo así cuando siento que una nueva historia me amenaza. Y siento que de esa propia amenaza puede surgir el texto. En ella se contiene la tensión, el sentimiento de que algo va a ocurrir, la certeza de que las cosas están como dormidas y prestas a despertar; e incluso la sensación de que no puede surgir de ello una historia. Pues esa tensión es parte fundamental de la historia, en tanto que las palabras convenientemente unidas pueden irla desvelando, cobrando forma en el cuento. Y también son importantes las cosas que dejamos fuera, pues aún desechándolas siguen implícitas en la narración, en ese espacio bruñido (y a veces fragmentario e inestable) que es sustrato de todas las cosas.

 

La definición que da V.S. Pritcher del cuento como "algo vislumbrado con el rabillo del ojo", otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento.

Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.

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