17 may 2007 - 04:54 PM
No sabía por qué había cogido ese tren, pero sabía que ese tren y no otro era su huida de la ciudad. No sólo de la ciudad, sino también de su trabajo, de su habitación, de su pasado y sobre todo de ella. Ella había sido para él un viaje maravilloso durante años, amontonados en meses que, con gula, se alimentaron de días ansiosos. Ahora la imaginaba como un vagón de mercancías que falsamente se había anunciado con un gran cartel que rezaba "transporte para pasajeros". Había fingido albergar humanidad, pero sólo contenía materias huecas y vacío. Cuando lo descubrió ya había absorbido gran parte de su ilusión.

Sabía que en otro sitio habría otras identidades -propias y ajenas- esperándole, otra urbe deshaciéndose a cuarenta grados de temperatura, otro sueldo rídículo arrastrándose entre cuentas bancarias. No esperaba dar con esa ciudad de inmediato, pero sentía que lo que llegasesería mejor que lo abandonado. Algo le aseguraba que esa estación era el punto de partida hacia el futuro, un paraíso gris que anhelaba conocer para olvidar la negra mañana de ese domingo. Sabía que ese tren era el punto de inflexión para alzarse a un nuevo yo. Estaba convencido de que ese día en que despertó con la boca llena de ecos de llanto, ese domingo que era algo más que el último día de una semana, era el último día de su vida... tal y como la había conocido hasta el momento.
Imagen -tratada- extraída de aquí
2 abr 2007 - 02:22 PM
Y creía que podría estar sin su ordenador, en esa casa rural, leyendo, escuchando el silencio ensuciado sólo por cantos de pájaros diurnos, llantos de grillos en la noche y diez o doce tópicos más propios de los bosques. Apenas llevaba un días y algo comenzó a retorcerle el estómago... pensaba constantemente en su portátil, solo sobre la mesa, pensaba en su bandeja de correo, llena hasta reventar, quizá de spam o quizá de información necesaria, que le iría de lujo para ir adelantando el trabajo de mayo... ese mes lleno de tareas.
Se inquietó, un poco al principio, peligrosamente después. Bajó al pueblo y buscó un cibercafé. Nada. Maldijo la decisión de no haber llevado el coche. Aún le restaban tres días para volver a la rutina de la oficina, del teléfono incansable, del mundo intratable de la arroba de ida y vuelta. Perdió el dinero abonado por la estancia. Ala noche ya había vuelto a la ciudad.
Las cuatro horas de autobús se le hicieron eternas.
Se arrepentía y se consolaba a la vez, pensando en lo mucho que merecería la pena adelantar las labores. En su ascenso.Entró en su casa, nervioso, tropezando en el umbral, tiró la maleta al suelo,encendió el ordenado. La pierna le temblaba. El dedo clickeaba sin tener dónde... Sesión / Oficina / Inicio / Outlook / Bandeja de entrada... Segundos intensos, llenos de impaciencia, ansiosos. Cero mensajes. Comprobó cada detalle. Todo funcionaba bien, no era un error. Nadie le había escrito en un día y medio. Nadie. Se quedó mirando la pantalla sin saber qué hacer. Inmóvil, escuchando el claxon irritadode un coche atrapado por otro en doble fila.
16 nov 2006 - 12:23 AM

Estuve en Berlín cuatro días hace bien poco. Me llevé un montón de ilusiones y de abrigo, y volví con un saco de desencanto y el jersey de cuello alto sin sacar de la mochila. Si dijera que Berlín es una ciudad que me gustó, sería un mentiroso. Puede resultar extraña una crítica de esta naturaleza viniendo de alguien que vive en Madrid –que en muchos aspectos parece una ciudad prima cercana de la capital alemana–, pero será que soy así de extraño. Por un lado he de discernir, abismalmente, las sensaciones que me produjo el pueblo berlinés y las que me transmitió la urbe: la gente de Berlín es maravillosa, y no lo digo en plan topicazo ni por lo macizas que están las alemanas; lo digo de verdad, porque toda persona con la que me crucé me sonrió, me miró a los ojos y me entendió gracias al interés que puso en ello. Tuve la suerte de vivir unos meses en Holanda hace ya casi un lustro y recuerdo aquellos días con gran aprecio hacia los holandeses; ese espíritu lo aprecié en Berlín también; la mezcla respetuosa de tribus urbanas en el hogar donde me alojé. Esta era una casa casi squatter, ubicada en el tranquilo barrio turco de Kreuzsberg, un lugar donde jóvenes de movida hiphop –entre ellos hay que destacar a mi buen amigo y anfitrión Marten McFly–, o de estilo gótico o punk, convivían con gente que no portaba un movimiento como bandera, y las amistades de todos ellos se trataban con sentido del humor, respeto y ausencia de prejuicios; sentimientos que se apreciaban límpidos, sinceros, y que se echan en falta en España en cada esquina, en cada bar de cada barrio cada noche.
Sin embargo la ciudad no me arropó, o no supe sentirme arropado, quizá me pudo la sensible materia de la que está hecha mi existencia: el desasosiego que me transmitió el peso del pasado alemán representado insistentemente –comprendo que un pueblo no dé la espalda a su historia, pero martirizarse con ello y utilizarlo como "reclamo" turístico me parece excesivo–, la inconexión arquitectónica, que tan pronto se mostraba ocupada por tranquilos e inmensos espacios abiertos o parques y de pronto te arrojaba copias de la Gran Manzana a pequeña escala, me superó. No esperaba una ciudad perfectamente estructurada, la imaginaba caótica, rica en contrastes, pero... no sé qué, pero algo me impedía hacerme a esa ciudad a pesar de la excelente –y gratuita para mi patilla– red de comunicaciones. Berlín queda en mi pecho, como todas las grandes ciudades que he visitado hasta ahora, pero ocupa un lugar especial para ella sola, al otro lado del río donde asoma París, Amsterdam o Barcelona; quizá un poco cerca de Madrid, quizá cerca de Roma –salvando las distancias, por supuesto–; pero con un extraño caparazón que yo no supe romper. Esto no quiere decir que no recomiende la visita a esta ciudad –espero no recibir amenazas de la oficina de turismo berlinesa–, pero si vas, mejor no te lleves mis ojos a ese viaje.