Si la realidad no supera a la ficción, en ciertos casos la iguala. El pasado 27 de octubre de 2006 tuvo lugar una marcha en silencio, en el barrio parisino Clichy-sous-Bois, para recordar que se cumplía un año de la muerte de dos jóvenes cuando eran perseguidos por la policía. Ese hecho desencadenó una serie de disturbios que se han repetido recientemente. La calcinación de autobuses y vehículos particulares vuelve a ser una nota común en ciertos barrios de París en estos días, hechos que, acuciados por la cercanía de las elecciones presidenciales y legislativas en el país galo, han endurecido las declaraciones de los gobernantes.

Quizá todo esto parezca nuevo, pero no lo es. La Haine (Francia 1995. 95 mins. Banco y negro. Director: Mathieu Kassovitz) reflejó esta situación hace ya más de una década. La película, que recorrió diversos festivales cosechando el reconocimiento de la crítica -protagonizada magistralmente por un joven Vincent Cassel, que ya demostraba sus dotes para absorber cada plano con su mirada helada-, fue aderezada con una palpable y eficiente dosis de realidad en el guión, en las expresiones de los personajes y en la ambientación de las acciones callejeras e interiores suburbiales, lo que añadido a la realización en blanco y negro aporta una altísimo realismo a las secuencias. La trama no reviste especial complicación: un muchacho árabe se encuentra en coma tras ser disparado por un policía, y sus amigos, un judío, un marroquí y un negro se encuentran a la espera de su recuperación, envueltos en un ambiente de crispación y tensión constante donde la violencia y el sentimiento de venganza son dueños permanentes de sus conciencias.

Resulta curioso que los personajes se llaman igual que los propios actores, lo que implica un dato de realismo poco corriente. La fuerza de la película reside en el ritmo y la velocidad de los planos; la radiografía social de las familias humildes y la retroalimentación de la violencia, la injusticia social y la radicalidad fundamentada en el odio hacia la policía. La dureza crece con la extensión del film, conforme pasan las horas –todo sucede a lo largo de un día-; los agentes del orden se comportan como una banda callejera más; conocen a los líderes de los grupos y hablan con ellos de tú a tú. Se respira el odio, la búsqueda de la humillación por medio de la tortura, y la jaula cultural en que se transforma el círculo social de la juventud que se cría en la calle: música, droga y violencia como piezas fundamentales de una existencia educada en el rencor. Esta película vuelve hoy día a ser referencia, porque la realidad que retorna a Francia en algunos de sus barrios se alimentan ideológicamente de el contenido de este filme. Se trata de una obra de calidad en la que el director no se pone de lado de nadie, si bien recoge los diferentes lados humanos de los jóvenes que, sin otra posibilidad, se rodean de las gentes de su barrio. La amistad, la evolución de la repulsión hacia la violencia hasta convertirse en ira y la imparcialidad trastocada por la necesidad de supervivencia son los valores que dominan la personalidad de los protagonistas. Lejos de mostrar mentalidades cerradas al razonamiento, el filme refleja el contagio cultural ante la impunidad y la ausencia de cambios. Cambios que parecen no asomar en el país vecino.