Verano. Madrid. Grados en ascenso. Noche. Olas de gente que va y viene y choca entre sudores al ritmo de los saltos del metro, que no vuela, sino que se arrastra como un gusano. Convierte el suelo en un queso grouyer, de olor denso y cerrado, pero sabroso de humanidad.
Llega el verano a Madrid, y se echa de menos un pedazo de tierra donde verter un poco de agua, paracrear un barrizal con el que dar forma a una redonda fruta de barro. Para soplarla y morder su ansiada composición natural.
Se echa de menos un mar azul pero subes a un alto edificio y observas el rojo océano de tejados de pizarra. Las torres, a lo lejos, rompen la superficie como ballenas de cemento y cristal.
En la siesta se echa de menos una brisa, que sólo llega bien caída la tarde. Bien entrada la madrugada una cerveza hiela la garganta. El aliento de cientos de personas encerradas en terrazas al aire libre sacian tu sed de frescor con sus conversaciones.
Se echa de menos a los amigos, pero no más por ser Madrid, y no más por ser verano. En pleno agosto una llamada te refresca y dibuja una sonrisa que se convierte en cita y te seca el sudor de la frente.
Madrid en verano es tan Madrid como siempre, o más.
Madrid en verano es un asfixiante poema de ladrillos.




24 may 2007 | 01:38 PM
Taburete
Me alegra mucho que, ni la distancia, ni el tiempo, hayan conseguido derribar del todo ese edificio de creación colectiva que fue/es el 64...
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