La Coctelera

SIN RAICES A LOS 30

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Felicity

Le puso a su hija Felicity. Cuando me lo dijo, con el rostro ojeroso y amarillento y el semblante serio, pensé que nombrar así a su criatura era la única manera que tenía de rodearse de felicidad. No sabía quién era el padre, aunque decía que eso le daba igual. Yo no me lo creía. Encendía un cigarro con la colilla de otro, le había costado una barbaridad estar esos meses sin fumar, me juraba.

Había concertado tres entrevistas con un par de empresas de publicidad para que la pequeña apareciera en un par de anuncios. En uno el bebé saldría en la orilla de una playa, sentado, mirando al mar sin más; en el otro en un taca taca llorando. El primero era de un banco, el otro no lo tenía muy claro. De puré de patatas o alguna mierda de esas, creía. Si finalmente le salían los dos podría vivir seis meses sin dar palo al agua, se congratulaba. Además ellos se la llevan y le dan todos los cuidados. Me vendría bien un tiempo sola. Es difícil volver a la rutina del trabajo después de un parto tan complicado, aseguraba. Yo no asentía, ni contestaba. Sentía angustia.

La habitación estaba impregnada de humo. Me levanté y abrí la ventana, pero me dijo que la cerrara ¿no sabes que puede desarrollar la puta alergia esa ahora y ya no la soltará en su vida? No quise discutir. Miré a Felicity sobre el sofá. Estaba dormida, inmóvil. Parecía que estaba muerta.

PD.:
Hoy es el Día Internacional del Trabajo Infantil
¿es esto Trabajo Infantil?

2 comentarios

  1. Me conmovió... qué extraños los sentimientos que afloraron en mi al leerte... un saludo... me ha gustado descubrirte

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