En cada cumpleaños le ragalaban tres o cuatro libros. Es la desgracia del escritor: siempre recibe libros. Algunos le habían gustado, otros los había regalado a su vez. Algunos de ellos ocupaban un lugar de privilegio en su estantería, pero ese decoraba la parte más reciente y luminosa de su alma. Por inesperado y sincero. Por poner el punto final a una etapa:

Una noche hablaron hasta que se agotaron las palabras de cansancio, dejaron claro que querían aclararlo todo.

Dejaron claro que los errores sirven para crecer, y que todo crecimiento atraviesa por momentos difíciles. Que a veces correr en sentido contrario a la meta no es perder, porque en esa nueva dirección aguarda otra meta. Un premio que no conocemos y que quizá nunca disfrutemos o nos reconocerán, pero que nos abrirá las puertas de un sendero de sabiduría.

Así hablaron hasta que el tiempo les calló, cansado de oírles. Hubo alguna lágrima prófuga, pero tardó poco en evaporarse. Las lágrimas nacidas de la comprensión no dejan mancha al irse.

Tuvieron sueños muy parecidos esa noche. Sueños sobre elefantes y relojes y superaciones. Pero no tuvieron ocasión para comentarlo, ¿a fin de cuentas qué mas da? Sólo son sueños.

Al día siguiente ella le regaló un libro lleno de historias hermosas. Él se dio cuenta entonces de que lo que ellos habían vivido no era más que eso, una historia. Quizá no alcanzaría las ochenta páginas. Pero cada párrafo de esa narración había sido escrita con una caligrafía cuidada y elegante, simple y frágil. Letra creada a fuego lento. Una historia bella con un final que ya conocían desde el primer capítulo, y que llegó al fin, como les ocurre a todas las historias. Y les dio pena que acabase, como le ocurre al lector que disfruta leyendo. Siente pena de llegar a ese punto detrás del que no hay nada: un espacio en blanco lleno de vacío.

Agradeció el regalo. No era sólo un libro. Era una etapa entre tapas. Una etapa cosida e impresa.Era una metáfora de su sonrisa.

En recompensa se sentó al borde de su cama y le leyó historias hasta que el tiempo la engulló en su maraña de sueños.