Tendría 10 o 12 años cuando escuché en no sé qué radio, probablemente en los 40 principales, la canción “Mala Vida”. En ese momento me di cuenta de que había música que me transmitía sensaciones sin necesidad de entender una letra que hablaba de desamor, yo no sabía entonces lo que era eso, ni su contrario. Poco después sufría la reprimenda de mis padres por haberme manchado la mano con pintura y haber colocado la marca en medio del armario de mi casa del campo. Algo me unía a Mano Negra y no sabía qué era. Crecí y siempre guardé en mis oídos, en mi pecho y en mi voz un lugar especial para Manu Chao y su banda. Ya de adulto me decepcionó su primer disco, Clandestino, acostumbrado como estaba a una batería más rápida y unas guitarras agresivas. Mi buen amigo Jorge, con quien estuveen el concierto,siempre me recuerda que le dije en Ámsterdam, cuando viajamos en Interrail en 1998 que ese disco era una mierda. Al tiempo comprendí que no era así, que Manu había dado un giro en su carrera.

Se me había escapado dos veces verle en Madrid, y tenía una cuenta pendiente, necesitaba verle y cuando me enteré de que tocaba en el Espantapitas´07 de Almería el sábado pasado no me lo pensé. Saber que la entrada costaba 10 euros y que también tocaba Muchachito Bombo Inferno me empujó aún más a ir hasta Vera, aunque no necesitaba empujón alguno. Debido a la cercanía de la localidad almeriense a Murcia, nos reunimos allí un buen grupo de amigos y conocidos para disfrutar de lo que fue una de las experiencias musicales más sentidas de mi vida. Escuchar cómo iban saliendo los temas de las guitarras y del bajo de Radio Bemba me ponía los pelos de punta, me hacía saltar, sudar, agarrarme al cuello de mis amigos, chocar contra la masa que se concentraba con sonrisas en la boca y corear cada estribillo con un buen humor y una euforia que sólo proporcionan la mezcla de estupefacientes y la música con la que has crecido. En casi dos horas generosas, sin apenas concesiones al silencio entre tema y tema, repasaron temazos de Mano Negra, los ya clásicos himnos de Clandestino y Próxima Estación Esperanza, y algún que otro tema de La Radiolina, su último disco, que ya había asimilado durante la semana y que, en contra de lo que he podido leer, es bastante aceptable, incluso con ciertas reminiscencias al sonido noventero que hizo de Mano negra un símbolo musical para la comunidad Latina mundial.

Tras dos bises y casi 10 minutos continuos en el último regalo, a toda velocidad, que nos hicieron los cinco tipos que había en el escenario, se hizo el silencio, y nos miramos satisfechos, sudorosos, sonrientes, borrachos, nos abrazamos en una melé y me di cuenta de que era tremenda, profunda y sinceramente... FELIZ.