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No es que no tuviera trabajo. No era eso. Necesitaba escribir de lo que se agitaba en su pecho, justo por encima de la línea del hambre. No sabía bien qué era, pero necesitaba expulsar algo de pena disfrazada en letras, pegada en una pantalla, entregada al mundo. Rápido, eficaz... pero también inútil.

Faltaba una hora para salir del trabajo, ir a casa, encontrarse con la soledad de la ausencia, con el silencio del insomnio de la noche anterior, con el calor asfixiante que tienen los pisos en los que nunca hay corriente. Temía marchar a casa, temía verse sólo y quería decirlo. No podía contarlo en el trabajo, repleto de seres sumergidos en sus redacciones a última hora de la mañana, una de las que más duramente se rinde, según encuestas frías y repentinas. Datos que en realidad nadie cree, pero que sirven para llenar conversaciones, hojas de diarios y argumentos de jefes.

Pero él no creía que esa última hora fuera a serle provechosa, porque no podía pensar en trabajo urgente, lo urgente era expresar, escribir, vomitar algo, lo que fuese para calmar su tristeza, que esa mañana se le había enmarañado en el vientre y amenazaba con ocultarse ahí todo el día, quizá todo el mes, y sólo era día 17.

Él no creía que esa última hora fuera a ser provechosa, porque en ese instante nada podía serlo. El dinero que ganase en esa hora -un tiempo que, si no existiera, poco cambiaría el sentido de las cosas- no le importaba, la tarea acumulada para el día siguiente no era su preocupación, solo quería dar salida a esa sensación de amargo sabor de la que no se había podido desembarazar desde que el despertador me hirió en el sueño.