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Ha llovido, largo y tendido, ha cambiado la cifra que cuenta nuestros años, he cambiado de continente por unos días, ha cambiado mi puesto en la editorial, el diseño de las publicaciones, la decoración de mi cuarto y sobre todo la frecuencia con la que escribía en el blog. Aún así no es mi intención distanciarme de este espacio ni de vosotros. Como muestra:

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Julián Lancego era como el momento de incertidumbre en el que llegamos tarde a algún sitio y no sabemos si correr o no para coger el metro. Quizá acelerando el paso lo cojamos justo antes de salir, en el pitido agónico, o quizá correr nossirve sólo para verle escapar por el túnel, y para eso, mejor ahorrarse el esfuerzo. Así era Julián. No sabía si ir deprisa o no, no sabía a dónde ir, ni si quería ir. Había asumido que en el arte sólo hay dos estados para el creador, la depresión y la euforia, y que este ánimo depende única y exclusivamente de las ventas. El primer caso era el predominante desde hacía más de cinco años. A sus casi sesenta años seguía pintando a ráfagas, era el único modo de arrancarse su desconsolada apatía vital y escupirla en el lienzo a forma de equilibrio total. Pero ya no exponía, sus enchufes no encontraban tomas de corriente, los amigos que tuvo los perdió y no tenía intención alguna de volver a recuperarlos.

Si alguien hubiera visto a Julián en la pared de su habitación tal y como solía vestir en casa, de frente, como se sitúan los presos para quedar inmortalizados en la foto con el numerito, y al lado se pusiera Habitaluz, por ejemplo, sería difícil relacionar ambos conceptos. Él con barba de una semana, gafas de pasta con el puente pegado con celo, su bata, la que usaba para pintar, roída por el tiempo y salpicada de mil colores, mirando por la ventana, buscando el haz de luz perfecto. La pintura exacta, verídica, compuesta únicamente de una bombilla centrada que irradia un círculo de luz alrededor tan real que dan ganas de poner la palma debajo para buscar la sombra. Él, por dentro un maremoto siempre a punto de explosionar, buscando permanentemente el epicentro perfecto entre los raíles de las sienes por donde circula su sensatez, descarrilándose y volviendo a su sitio otra vez. Ella quieta, paciente, circunspecta, como una fotografía, llena de trazos minúsculos en los que los nervios de él se iban plasmando en una ósmosis de ánimo: cuando el lento proceso finalizaba tras varios días de reacción químico-artística Julián quedaba sumido en la más absoluta amargura. No sabía por qué, pero era así. Bueno, sí lo sabía: por no saber de su hijo, ni de su ex mujer, ni de aquellos que le ayudaron cuando lo necesitó, ni mucho menos de quienes le dieron la espalda cuando se puso a saltar borracho al ritmo de la comba de Johnnie Walker. Por no dar salida a su creación, por no poder pagar la hipoteca del piso.

No hubo funeral para Julián Lancego, nadie derramó una lágrima por él, ningún periódico rescató su recuerdo necrológico. Sólo un haz de luz entró en vano a buscarle porsu ventana, como cada lunes, como cada martes...