Lorena y Rubén decidieron casarse hace un año más o menos. Ya tenían fecha, lista de invitados y un nidito de amor que pagan mensualmente, pero les falta algo imprescindible: el cursillo prematrimonial. Suena bastante divertido. Sí. Bueno, el caso es que allí se presentan. Los dos son cristianos de boquilla, de los que blasfeman y votan al PP y llevan sin ir a misa movidos por su propia fe ni se sabe. Pero vamos, que esto no es ni bueno ni malo. Seguro que alguien cercano tenéis que cumpla esas características. Es lo habitual. La norma para muchos jóvenes de hoy que se acercan a los treinta y que a sus padres y abuelos les hace ilusión ver a la hija/nieta de blanco. Lorena está ilusionada con la idea. A Rubén le da un poco lo mismo, pero vamos... que ya está enmarronado hasta la barbilla.

Para su sorpresa no son cuatro gatos los que acuden a la primera de las tres jornadas, sino que unas veintinco parejas llenan el salón de actos del Instituto en el que les han convocado. Hombres y mujeres de razas y edades diferentes esperan pacientes y tranquilos que comience el trámite, convencidos de que aquello de divertido tendrá lo justo. El cura comienza a hablar y les dice:

-Bueno, estáis aquí para recibir el curso prematrimonial porque habéis decidido casaros bajo la luz y el amor de Dios. Pero Dios sólo lo ampara si de verdad hay fe en vuestros corazones.

El silencio calmo reina en el espacio hasta que el sacerdote, con rostro sereno, sonriendo y apuntando a la masa con el dedo índice amenazante continúa.

-Sin embargo, debéis saber que, según las estadísticas, de las veinticinco parejas que estáis en esta sala, trece acabaréis juntos hasta el fin de vuestros días, nueve os divorciaréis y tres de vosotras moriréis a manos de vuestras parejas...

Cuando cincuenta gargantas tragan saliva a la vez el sonido es similar al que hace una piedra al sumergirse en el agua de un pozo.