Llego a casa, esta vacía. La tarde se presenta aburrida, nada que hacer. Me tiro en el sofá, mi cabeza se desploma y mis ojos van directos, como poseídos, al televisor, que está apagado aún. Observo la oscura lámina de cristal en la que me reflejo, me veo sentado observándome, pensando si encender ese monstruo que me lanza realidades que no quiero ver, actualidades que ya sé de memoria, ficciones basadas en ficciones; todo un mundo de mentiras bien vendidas, vendidas ya de antemano, sabiendo que aceptamos porque no hay otra cosa. Internet es demasiado y a la radio... le falta algo. ¿Periódicos? No me hagan reír, hay gente que sólo los compra para adquirir la peor videocámara del mundo gracias a los cupones de los domingos. Vivimos, somos, existimos, conocemos, y nos emocionamos gracias a la televisión. El mando me tiembla en la mano, mi dedo se aproxima al botón de encendido; me veo reflejado apuntando al aparato, tan sumiso, otra vez vuelvo a caer. Esta vez no! Afrontaré y venceré la tentación. Hay montones de cosas en las que pensar... Me levanto, echo una meada, me enciendo un pitilo y me rasco la cabeza. Se acabó el pensar. Ahí está ante mí, mirándome, desafiándome... me rindo. De acuerdo, me rindo. En un rapidísmo acto reflejo me hago con el mando y pulso el botón rojo. No se enciende! Estará desenchufada. No. No está desenchufada! Comienzan los sudores fríos, el humo del cigarro me entra por la nariz mientras compruebo que el euroconector está bien euroconectado. No funciona. Nada. La golpeo y no reacciona. Me siento, y la observo... siempre tiene que salir ganando. Al menos ya tengo algo que hacer esta tarde, buscar un televisor de segunda mano. Cogeré una chaqueta, hacía frío...