Levantó el verano y debajo encontró un ventilador.

Sus aspas no giraban porque el motor estaba roto, pero lo rescató de todos modos. Por las tardes se dedicaba a empujar las aspas con la mano y, si lo hacía con mucha fuerza, sentía una leve brisa. 

Entonces cerraba los ojos, levantaba el rostro y viajaba a un punto de la costa, donde el viento fresco se esconde de los grados implacables y amontonados.