...el autobús y no llega. Me voy. No recuerdo la última vez que fue puntual, quizá ese día no lo fui yo ¿cómo saberlo entonces? Tendré que beber sin él. Tomo un taxi doble y acabo tan pesado que me echan por la ventanilla de una patada. No sé beber. No sé vivir. Se me hace tarde en el estómago, el resto del cuerpo va a su ritmo. Camino hasta casa, sigo la línea discontinua y la melodía de los bocinazos despierta mi prisa, por suerte venden fibra óptica en cada esquina, a euro el metro. El hombre sin cara no acepta regateos. No entiendo cómo puede ofrecerlo por debajo del precio normal, aún sabiendo el uso que le daré me lo vendería. Compro dos kilómetros y los dejo caer por la alcantarilla, se introducen veloces, saben que es su única oportunidad, rastrean y dan donde quieren, me vale el destino. Cualquier destino me serviría hoy, no podría elegir uno mejor. Pincho aceptar y buceo por los conductos sépticos que recorren la ciudad, evito dos antros que emanan música ensordecedora, esquivo un tren de metro y alcanzo el fin de mi sesión. Veo la puerta, estoy cansado, borracho de agua turbia y tiempo muerto. Abro, la sala está vacía, y mi silla marcada con una gran cruz roja, pido explicaciones en voz alta. Nadie acude, nadie responde al teléfono que suena insolente, yo no puedo hacerlo pues pierdo la voz, la busco en los bolsillos y de pronto la veo escondida en el titular del periódico que yace en la mesa. Escapa y cae de la mesa a mi silla, se esconde tras la cruz. No puedo tocarla ahí, me descarga su corriente. Permanezco quieto esperando que pase algo, espero. Por fin se acerca el 6, subo y doy los buenos días al conductor.