(Relato finalista Cosecha Eñe 2009)

Un martes de agosto de 1975 todas las ciudades del país amanecieron con cadáveres de ave en sus parques, tejados y avenidas. No podía verse un solo pájaro en el cielo.

El año anterior por esas mismas fechas las ventas del Silenter se disparaban. Por entonces mi esposa, Jane, estaba a un par de meses de dar a luz y yo trabajaba doce horas diarias en el taller de casa, donde había montado mi propio aserradero. Estaba hasta arriba de pedidos porque muchos vecinos se preparaban para construir sus graneros. Jane y yo hablábamos de que mis máquinas harían demasiado ruido para el bebé. A pesar del esfuerzo económico que me supuso equipar el taller y del elevado precio del Silenter, el rumor de la efectividad del electrodoméstico me animó a adquirirlo poco después del feliz nacimiento de Edgar.

Aún hoy vivimos en las afueras de Muteslope, un pequeño pueblo de Nevada que no aparece en ningún mapa. Según le han contado al alcalde Larry, el cartógrafo que se encargó de elaborar los mapas del país después de la segunda gran guerra no pasó a este lado de la montaña, y como estos planos se copian de unos a otros, para la cartografía mundial nuestra villa no existe. Muchos se han marchado. Han pasado cosas terribles aquí.

Una mañana telefoneé a la compañía y esa misma tarde un tipo trajeado se presentó en casa junto a dos negros que introdujeron el Silenter en mi taller y lo instalaron en apenas un par de horas. El tipo era rubio y recuerdo que no dejó de sonreír ni un solo momento. Estuvo hablando durante casi una hora de lo maravilloso que era el invento. Nos hizo firmar una decena de papeles con mucha letra pequeña en los que nos comprometíamos a no permitir el uso de la máquina a menores de edad.

El Silenter servía para imponer el silencio alrededor en un perímetro circular de hasta treinta metros. Técnicamente el aparato realizaba un registro de todas las frecuencias sonoras del entorno, captaba la más potente y emitía esa misma señal pero en valor negativo, muy por debajo de la percepción auditiva humana, de tal suerte que ambos sonidos se anulaban y, con ellos, todos los que quedaran en frecuencias intermedias. Creaba una especie de burbuja transparente donde reinaba el silencio. No importaba que hubiera objetos o muros, cualquier sonido que estuviera dentro del diámetro desaparecía. [...]

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* Revista Eñe