... que a un cojo

 

Carlos fue el primero en opinar que el agua de las dos botellas era del grifo. Iván dijo que creía que no, pero Pablo y Emilio coincidieron con la apreciación de Carlos. El camarero no abría las botellas delante de ellos, sino que ya las traía con el tapón aflojado. Preguntaron. El camarero, ofendido y envalentonándose, aseguró que las botellas las abría personal e intransferiblemente él y que eran agua de manantial, tal y como se leía en las etiquetas. Señalaba con ahínco los papelillos pegados al plástico en el que figuraban sendas fotos de las montañas de la andaluza Sierra Nevada. Emilio no creyó ninguna de las palabras del camarero y, argumentando que tenía un sexto sentido para percibir en la mirada las mentiras de la gente, invitó a los demás a beber las dos botellas, después  descubrirían si el camarero mentía o no. Comieron y el agua se acabó. Emilio cogió un tenedor y tras limpiarlo con su servilleta lo clavó en la base de las dos botellas. Pidieron más agua y el camarero sospechoso de mentiroso se llevó los envases vacíos y atravesó la puerta que le llevaba a la cocina. No se dio cuenta de los hilos de agua que dejaba a su paso hasta que le alertó la mirada sorprendida de un cliente. Se dio la vuelta sin llegar a la mesa de destino, sonrojado por las risas de los cuatro del fondo y las miradas curiosas del resto de comensales. Por supuesto, la cuenta llegó con las botellas incluidas en el precio, pero fue otro camarero quien llevó la factura a la mesa. Sin ánimo de armar un revuelo, los cuatro pagaron sus catorce euros correspondientes y no dejaron propina.