Tropieza con el hueco de un adoquín cuando baja la calle de Santiago el Verde, sin mirar las paredes, obcecado en sus pies. Casi cae. "¿Quién se habrá llevado de aquí ese adoquín?", piensa. Cualquiera a una distancia de cien metros habría sabido que estaba demasiado borracho. Si es que existe una medida en la que ubicar "demasiado" cuando hablamos de grado etílico en la sangre. Paso a paso se concentra en su carrera. Paso a paso Cordonera Desabrochada toma la cabeza, pero pierde en seguida la posición ante el ritmo de Suela Despegada, que la pierde a su vez. Juega. Así, en su adoquinódromo de Mira el Sol, baja la calle feliz. Arrastra una cogorza tan sincera que le hace sentirse irrealmente feliz. Las calles, tomadas por suplicantes carteles de ‘se vende' y de conciertos de cantautores desconocidos con perilla que inventan letras al estilo de Sabina, acogen farolas que arrojan su palidez contra el gris oscuro del suelo, convirtiéndose en denso negro a trozos. La lluvia erosiona paciente cada adoquín. "Adoquín, vaya palabra", piensa. Le suena a humor pero no le parecen nada graciosos.


Parada más que necesaria, imprescindible. Se apoya en el parquímetro de la plaza y prácticamente se queda colgando de él. Lo observa como si quisiera decirle algo. Como un adolescente decidido a decirle algo valiente a su compañera de pupitre. El parquímetro, viejo lobo urbano, harto de ver situaciones iguales o peores, implacable tras cientos de temporales a la intemperie, sigue marcando las tantas. Sabe que nadie va a aparcar ya, y que si lo hiciera, no le necesitarían, pero sigue mostrando la hora humilde y honestamente.

Se despide de su silencioso enemigo pagando contra él todo lo que lleva dentro. Desata su furia y grita. Cree recordar que incluso llora. Lo zarandea, lo arranca, lo lanza al suelo y lo patea. Le quedan solo unos metros más. Ya casi está. Pero la llave no abre, y la lluvia aprieta. "No será esta, no será mi portal", dice en voz alta. Todo es posible cuando los ojos apenas distinguen una persiana de un muro graffiteado. Sea lo que sea, en la pintada pone "ASCO", en letras mayúsculas y verdes. Da dos pasos atrás. Sí, es su portal. Fija la mirada. No, no es la llave. Prueba de nuevo. No abre. No hay nadie en casa. Nadie alrededor. Todos se quedaron en la fiesta. Descubre el adoquín en su mano derecha, y al levantar la mirada se ve reflejado en el cristal del portal. Tan limpio, suplicando ser destrozado.