Hace un par de semanas viajé a Londres y me dejé una pasta gansa entre vuelo, hotel, pintas y souvenires varios, pero entre todas esas pérdidas destacó especialmente el extravío de mis gafas de ver durante el viaje.
Para los que no usais lentes esto os parecerá una tontería, pero quienes usamos gafas o lentillas bien sabemos que si nos dieran a elegir entre:

a) perder este complemento
b) que nos amputen un dedo del pie

Lo primero que pensaríamos sería: "¿la opción b)  qué dedos contempla?".

Porque no existe nada tan jodido como perder las gafas, porque duele a la vista y ¡también al bolsillo! El caso es que fui el jueves a mi óptica a pillarme otras, y de paso, a que me revisaran la vista.

-Hola.
-Hola -digo- pues nada, que vengo porque soy cliente vuestro y debo ser uno de vuestros mejores clientes porque cada cinco o seis meses vengo a por unas gafas porque se me rompen o se me pierden.
 
     Esperaba una sonrisa, pero nada. Me piden los apellidos, las dos con una cara de acelga quepaqué. Y me dice una:
 
-Las últimas que te hicimos fueron en enero.
-Pues mira, para que veas que no te miento. Así que nada, me preguntaba si aún teníais la oferta del 2x1.
-Sí
-dice una.
-No -dice la otra. Y se me ha venido a la cabeza esto
-Ah, es verdad. No.
-A ver, ¿sí o no? -intercedo.
-No, no.
-Vale, ¿y teneis alguna oferta o algo así?
-Si vienes con tus amigos te hacemos hasta un 50% de descuento.
- O.o

Miro por encima de un hombro, por encima del otro. La óptica vacía, una rueda de ramas secas de esas de los western que pasa por detrás de mí.
 
-¿Ves muchos amigos por aquí?
-Pues es que esa es la oferta que tenemos.
-Vale, vale, bueno, quería las mismas gafas que las últimas que me hice.
-Es que ese modelo ya no se hace
...

Resumiendo... que el ojillo izquierdo, al parecer se ha vuelto más vago desde que cumplí los 30, y le ha dado por acumular décimas de dioptrías como a un crío le da por acumular tazos de Pokemon. Vamos, que me ha subido casi una dioptría en un año, más o menos. Me dicen que tendría las nuevas gafas para el viernes por la tarde o el sábado por la mañana.

Para no quedarme nunca sin gafas yo tenía dos pares: unas en el curro (con la pata rota y arregladas de forma casera y cutre) y otras en casa (las que perdí) ya que solo las uso para escribir, leer y estar ante el ordenador. Así que el viernes me llevé las del curro para ver pelis este fin de semana, la final de la Champions y esas cosas. Pues, como os podéis imaginar esta mañana me he dejado las gafas con esparadrapo (me acabo de acordar que de pequeño decía 'espada-trapo') en la mesilla de al lado de la cama. Grrr...

He llegado al curro, me he sentado en el ordenador y he dicho "de p... madre Trifi". Así que he llamado a la óptica diciendo que me aseguraron que estarían el viernes o el sábado (indignadísimo, aunque en realidad conmigo mismo por haberlas olvidado, más que con ellos). Pero para mi sorpresa me dicen que sí, que me iban a llamar en ese preciso instante. Genial, me digo. 

Llego allí, las dos chicas del otro día más aburridas aún que el jueves, una leyendo el periódico y la otra en el ordenador -en Facebook fijo-, y nada, me dan las gafas.
Me las pongo y... wooooooooooooow, como si me hubiera tomado seis chupitos de tequila... digo:
-Joder, joder, pero ¿estas son mis gafas?
La chica comprueba un papelito, otro papelito, mira la pantalla del ordenador, me mira a mí, se mira las uñas, mira a su compañera, mira a la calle, y me dice:
-Sí, sí. Son las tuyas. Es que se te tiene que acostumbrar el cerebro, porque el cambio es muy grande.
-Digo, joder, y tan grande, si pareceis salidas de un cuadro de El Greco. Pues si fuera miércoles... pero los lunes tengo yo el cerebro para pocas adaptaciones oftamológicas, oiga.
-Te recomiendo que te las pongas por la calle y te vayas fijando en puntos concretos.
-Si me pongo esto por la calle me como diez farolas y cuatro amas de casa con nieto y carro de la compra incluidos. Y quizá algún minibús, de paso, también.

Por supuesto, ni un esbozo de sonrisa en sus labios blanquecinos. Las dos con sus caras pálidas, sus uniformes blancos, las gafas sin monturas, los ojos grandes y claros mirándome silenciosos, ese entorno tan blanco impoluto, rodeados de gafas por doquier... Digo, uf, qué agobioooo... yo me voy de aquí. Y justo cuando ya me iba corriendo, con las gafas puestas, claro, me dice una de ellas:
-Oye, oye, ¡que te vas sin pagar!
-¡Anda!, Sí, sí. Es verdad... Qué despiste, je. Es que como tengo el cerebro concentrado en acostumbrarse las dioptrías...

En fin, mejor no os cuento el sablazo...