Dicen muchos que el fútbol es un barbarismo. Que los estadios son como acantilados donde los hombres acuden en masa, embrutecidos, para lanzar improperios, para insultar, eructar, blasfemar y expulsar así su odio hacia otros hombres, a quienes odian sin más razón que su pasión por otros colores o por otra ciudad o país.

Dicen que el fútbol es un negocio depravado y vergonzoso, en el que los millones de cualquier divisa vuelan de una cuenta a otra, de un país a otro a cambio de hombres, algo parecido al comercio de personas, por el color de una camiseta, por el lucimiento de una marca deportiva, de un símbolo o de un eslogan.

Dicen que siempre ganan los mismos, que el poderoso caballero gobierna un mundo corrupto y vil disfrazado con pantalones cortos y calcetas.

Dicen que es un circo. Quizá sea el pan del circo...

Dicen...

Dicen...

...y claro que tienen razón. Pero no es solamente eso...

Tres días para el mundial

Quienes empuñan estos argumentos no perciben el olor que inunda hoy las calles de Madrid, de París, de Tokio, de Argel, de Londres, de Montevideo, de Buenos Aires, de Auckland, de Berlin, de Roma, de Yamusukro, de Sao Paulo... Miles de ciudades huelen ya a fútbol. Quienes dicen que el fútbol es un barbarismo no huelen ese aroma. El aroma que embriagaba cada rincón de mi pueblo cuando aquel partido en Italia 90 hizo llorar a un grupo de niños que se mordían las uñas en el salón de mi casa. Sudorosos tras haber estado jugando dos horas a 38 grados con una lata de refresco aplastada, eligiendo nombres que pronunciaban mal: "Esquilachi", "Mateus", "Canilla", "Savisevic"...

La luz naranja que atraviesa hoy Ciudad del Cabo, apenas a 70 horas de que empiece el mundial, es la misma que iluminaba Murcia en aquel agónico mundial de 2002, que volvió a dejarnos con toda nuestra ilusión colgada de un saque de puerta. Miles de almas empujando hacia el cielo una misma ilusión que quedó en nada. A pesar de que lloramos, de que gritamos y seguramente insultamos a aquel desconocido árbitro egipcio con toda nuestra sincera rabia, no hemos cambiado ni somos peores personas por ello.  

... El fútbol es una bendita locura...

el que no lo siente, no lo entiende. No es ya únicamente por nuestra selección, por el color rojo, ni por el contagioso sentimiento de sentirnos mejores que otros o superiores.

Claro que resulta increíble que el hecho de que tu país (maltrecho por la crisis económica, seas inglés, alemán o chileno) gane un partido de fútbol te haga olvidar (aunque sea un poco) que no tienes trabajo, que mañana te levantarás e irás a la cola del paro, que volverás a esperar esa llamada de una ETT con el miedo y la esperanza con que esperarías la de un neurólogo. Claro que parece increíble que en ese momento todo es menos triste. Esa es la magia.

Porque tomarse una cerveza helada a las nueve de la noche el martes 22 de junio viendo el partido Grecia - Argentina puede ser un momento epifánico...

El niño que alguna vez ha soñado con verse jugando un mundial no morirá nunca. Y ese niño no tiene nacionalidad, ni colores concretos, ni edad. Incluso aunque no tenga un balón, soñará que patea el cuero blando y coloreado, cuando su zapatilla agujereada golpee una lata de Fanta aplastada...

Si tienes ese niño dentro, enhorabuena, porque ya eres campeón.