Le era imposible entender cómo había llegado el paquete justo el día de su cumpleaños. Tanto las cartas certificadas como las corrientes están sometidas a un tiempo variable desde el momento en que son entregadas, o depositadas en un buzón, hasta que llegan a manos del destinatario. Se pueden extraviar, el azar puede colocarlas en las zonas altas o bajas de los estantes...  Pero el hecho de que ese paquete hubiera llegado el día justo le asombró tanto que la sensación apenas dejó lugar a cierta alegría, curiosidad o ilusión.

Era temprano y tenía tres horas hasta reunirse con Clara, aunque sabía que volvería a ser doloroso y que ella no iba a querer retomar la relación. El calor dentro del apartamento era asfixiante. La tinta no había dejado marcado el año ni el lugar de procedencia en el matasellos; sólo se leían dos números que supuso correspondían al dia y al mes. Pero ni un país ni una ciudad. El sello parecía extranjero y muy antiguo. Una especie de pájaro bosquejado e inquietante. Por supuesto no había remitente... Estaba desorientado por completo. Su nombre estaba escrito correctamente pero como con letra de niño o como si un diestro lo hubiera escrito con la mano zurda, o viceversa.

El paquete pesaba como si llevara una piedra. Lo movió y acercó a la oreja al envoltorio. No oyó nada. Descartó entonces la inverosímil posibilidad de que alguien quisiera atentar contra él. ¿Quién iba a querer joder más la vida a un parado de 32 años con una vida normal y gris? Habría que ser muy cabrón, demasiado cabrón para existir.

Se decidió: dentro había una botella vacía, de un litro de capacidad, más o menos, y de aspecto bastante común. Era transparente con un leve tono marrón. Como un pedazo de cielo turbio, pensó. La miró a trasluz.

¿Porqué recibía ese objeto? Pensó en llenarla y la puso bajo un grifo y la observó sin demasiado entusiasmo. Conforme subía el agua algo comenzaba a aparecer en el interior, era un pequeño montículo de tierra que en la parte superior tenía un agujero, como un minúsculo tragaluz. Quedó fascinado y lo fotografió con su vieja Polaroid. Pensó que la especie de madriguera ya estaba antes y no se habría fijado.  Pero no. La instantánea seguía ofreciendo la botella vacía. Sintió una fuerte ansiedad al no poder identificar la visión sino con una alucinación y una terrible sed le invadió la garganta. El calor le golpeaba. Se asomó a la ventana y quedó paralizado observando el sol. Sintió que se ahogaba y bebió de un solo trago el agua de la botella. Tambaleándose llegó al sofá, cayó desplomado y a los pocos segundos quedó inconsciente.

Al despertar se encontró en un suelo de tierra, casi a oscuras. Un poco de luz atravesaba por una pequeña ventana circular. Puso su cuerpo en el camino del pequeño rayo para comprobar que estaba despierto y vivo. A través del tragaluz había un cielo de cristal turbio sin nubes. Pisó fuerte el suelo y lo tocó con las manos. Le pareció fértil. Confiaba en que con un poco de agua, esa tierra podría generar vida. No le fue difícil comenzar a llorar. Iba a empezar de nuevo.