Llevo sin escribir en el blog un mes y medio. La verdad es que estaba asustado, creía que si no lo hacía regularmente se me acabaría cayendo un ojo o algo (porque la última etapa que pasé casi tres meses se me cayó abundantemente el pelo), sin embargo no me está pasando nada, de hecho se me están borrando unas pequeñas arrugas que me salían debajo de los ojos cuando me reía. Vamos que, a lo mejor dejar de escribir en el blog es hasta bueno. Quien sabe.


El caso es que recién llegado de las vacaciones, tras un largo y estupendo viaje recorriendo el perímetro de la costa de Sicilia y otro de una semana en Santander y Vitoria en plan rural, ambos viajes hechos en muy buena compañía, me da una pereza tremenda ponerme a desgranar cada una de las anécdotas graciosas que me han pasado durante el viaje. Tampoco me quiero poner en plan aburrido tipo locutor del Canal Historia: "las maravillosas ruinas griegas del Valle de los Templos, a dos kilómetros de Agrigento, nos ofrecen sus sombras míticas al atardecer y nos recuerdan la grandeza de imperios pasados". No, no es ese el plan, o del canal Natura, del rollo: "las aguas del Mediterráneo en la costa de Taormina esconden miles de secretos, y ¿quién sabe si también algún viejo galeón repleto de tesoros?". Aburridillo, ¿eh?  Pues imaginaros el rollo que está soltando el calvorotas este de aquí abajo...

Y no es que esté perdiendo mi ilusión por destripar mi vida para que los demás lo lean y se desgüeven de la risa, sino que, como ya ha pasado el tiempo, pues como que la cosa pierda actualidad y se me pasa el gusanillo de hablar de ello.

Estar en la ciudad, rodeado de la rutina, con las 'obligaciones sociales' llamando al móvil cada día, con mil cañas y copas pendientes por tomar con amigos y conocidos, me alejan tanto de las vacaciones que no me queda más remedio que sacrificar mis palabras de cara a aventuras futuras. Pero la verdad es que volver al curro y a la vida no ociosa tiene su cosilla. Yo soy un bicho de ciudad, me gusta el tráfico para qué negarlo, me gusta madrugar y sentarme delante de un ordenador, claro que a veces no me apetece, pero miro cómo está el mundo y agradezco lo que tengo -amigos, salud- y lo que no tengo -hipotecas, obligaciones extra-. Para mí sentarme en el balcón a desayunar con un libro escuchando el melódico y brusco ruido de los tubos de escape de los coches, no se aleja tanto de estar en medio de un prado con el molesto y agónico sonido de un pajarillo que no es que esté cantando, no, está sufiendo porque no tiene qué echarse al gaznate, pero claro, ¿cómo sabemos si canta o si llora?

No es oro todo lo que reluce en la naturaleza, amiguitos, y sino que se lo digan Bear Grylls, el último superviviente. Ese tío me hizo mirar la naturaleza de otro modo, a amarla salvajemente, a conocerla cara a cara como el que se enfrenta a un oso en plena caverna... pero después ¿qué? ¡Todo era un montaje! ¡El oso era un tío disfrazado de oso! (Ver 0:26 en el video de abajo. Al menos tuvieron la vergüenza de no disfrazarle de hipopótamo y decir que era un oso, eso sí)

 

En fin. ¿Cuál es la metáfora de todo esto? La verdad es que ni yo mismo lo sé. Lo cierto es que estoy escribiendo todo esto para calentar un poco, ya que llevo sin escribir casi dos meses, y tengo que ponerme a desarrollar las ideas de cuentos que he ido capturando a lo largo del verano. Y terminar por fin esa novela que tengo a medias desde la época de las ya citadas ruinas griegas. Vamos que este espacio, además de para hacer reír o de servir como espacio de reflexión, también es mi WC personal, donde me siento a pensar y a hacer un Sudoku (de nivel 1, claro) durante horas, y hago fuerza y a veces lo que sale es una maravilla del arte moden-no concestuá y otras, pues eso, una auténtica caca.