Llevaba tiempo dando vueltas a tratar el aumento de personas pobres que invaden Madrid. Es un tema que retumba en mi cabeza desde hace ya varios meses, algunos años quizá. Concretamente desde que comenzó la crisis, y el aumento es palpable. El asunto me late en la sien aún con más fuerza desde el día que hablé con mi amigo Antonio de la extraña mezcla de incomodidad, compasión y lástima que nos sacude el cuerpo cuando pasamos ante un pobre, indigente, mendigo, sintecho... Llámalo 'x' porque a nadie parece importarle su nombre.

Y me he decidido a escribir esto gracias a un enlace de mi amiga Esther en Facebook. Hoy Juan José Millás -como escritor puede gustarnos más o menos, pero como observador y "radiografiador" público es experto donde los haya- usa su breve espacio de El País con 'Gente que sobra'. Lo clava, con frases como

"En el vagón del metro distingues enseguida a los que sobran. Son tres y lo llevan escrito en la frente".

Mi amigo Antonio, con el sufrimiento sincero que siempre deposita en sus reflexiones críticas, me dijo algo así como:
-Tengo un problema que me atormenta.
-¿Qué te pasa?- dije preocupado, pensando que se trataba de algo personal, familiar, relacionado con el trabajo o la salud.

Lo que le pasaba era algo parecido a lo que nos ocurre a todos. En el camino de su casa hasta el trabajo -vive en el centro de Madrid-, se encuentra con cinco personas pidiendo en la calle. Fue capaz de definirme a cada uno de ellos, de ponerles edad aproximada y de suponer su origen étnico e incluso su nacionalidad. Su problema era/es que si no les daba dinero a cada uno de ellos cada día se sentía profundamente dolido, y si lo hacía, se sentía prácticamente igual. Yo al principio no comprendía la segunda parte de su queja. Uno suele sentir una especie de alivio moral, de descanso en nuestra necesidad de solidarizarnos cuando deposita 20 céntimos en ese plato o sombrero roído, pero el problema reaparece cuando se dobla la esquina y unos ojos y una voz ininteligible, cansada de repetir la misma frase, vuelven a solicitarte ayuda. Cartones en las esquinas, mensajes en cajas de zapatos escritas con faltas de ortografía, periódicos en las puertas de los supermercados... Yo, muy seguro de mi buena voluntad, le dije lo que solía hacer:

-Si llevo algo suelto lo doy por la calle, y cada vez que voy al supermercado suelo comprar un cartón de leche más y se lo entrego a quien hay en la puerta.

Con eso sentía que mi sed solidaria se calmaba, me sentía buen ciudadano y veía el agradecimiento en los ojos de quien recibía mi dádiva, pero ahora, cada día más, lo veo insuficiente.

Vivo y trabajo en el centro de la capital, y paso por cuatro puntos especialmente conflictivos para mi cómoda existencia en pleno corazón de la sociedad del bienestar. Conflictivos para mi moral en cuanto al tema que estoy tratando. En total me suelo encontrar una media docena pidiendo en la calle. Voy a casa a comer, por lo que esta experiencia se multiplica por 4 diariamente, a veces uno ha desaparecido, a veces hay otro nuevo que me aborda por la calle. Pero está claro que la costumbre te lleva a cierta pasividad ante el problema. Te haces inmune. Es triste, pero es así.

Mi amigo Antonio, siempre con buen criterio me dijo más adelante:
-¿Por qué tengo yo que soportar en mi espalda la responsabilidad de que esa gente pueda vivir mejor? Eso debería ser responsabilidad del Estado.

Y me surgen dudas. ¿Debería ser el Gobierno capaz de crear suficientes infraestructuras para dar techo y comida a los pobres?

Casi 80 millones de personas viven por debajo del umbral de la pobreza en la Unión Europea y 17 millones de ellos son niños.

En los modelos nórdicos hay pensiones para personas adultas pobres, en el anglosajón se trabaja duramente para reducir la pobreza y facilitar el acceso al trabajo, pero España no se caracteriza precisamente por su ayuda al sintecho. Más bien esta responsabilidad queda en mano de la Iglesia, de ciertos comedores sociales insuficientes, voluntarios que sobre todo en invierno donan de comida, bebida caliente y mantas a los indigentes, y del bolsillo de los viandantes.

El asunto no es de solución sencilla, claro está. España siempre se ha caracterizado por ser un país donde la apariencia es casi tan importante como la realidad, si no más. Por eso muchos casos de indigencia quedan ocultos, no salen a la luz por vergüenza de quien los sufre. Por otro lado también nos caracterizamos por nuestra tendencia a vivir lo mejor posible y por intentar escaquearnos del trabajo. No se puede generalizar, pero todos sabemos de lo que hablo.

El holandés denuncia a su vecino si cree que ha estafado a Hacienda, y el español invita a una ronda en el bar gritando que le ha levantado 1000 euros al gobierno ante los vítores de los presentes, incluso de aquellos que es la primera vez que ven el rostro del 'agraciado'.

Por esto, el riesgo de que el ciudadano se "acomode" si el Gobierno le ayuda sistemáticamente ante cualquier circunstancia es elevado en nuestra cultura -similar a Grecia, Portugal e Italia, los cuatro países del modelo de Estado de Bienestar Mediterráneo-. No se trata de justificar nada, simplemente es una reflexión en voz alta.

La solución, por supuesto, nunca puede ser la política de expulsión como la que está llevando a cabo Francia con las etnias gitanas, pero sí es necesario que este asunto se tome con mayor seriedad y se promuevan iniciativas a favor de la ayuda al indigente. Esto es:

¿Es muy complicado sacrificar inversiones en hacer una calle peatonal a cambio de abrir un edificio público abandonado y utilizarlo como dormitorio o comedor social?

Por último habrá que recurrir al tópico de siempre: hemos sido históricamente un país de emigrantes, y ahora nos toca poner nuestra cazuela sobre la mesa para "el otro". Es ley de vida y así lo será. Mientras que por ahí arriba buscan una manera de ayudar de manera más general -no parece que se estrujen demasiado la cabeza en ello, porque hay cosas más importantes, vamos, que dan más votos-, por aquí abajo el ciudadano puede comprar un carton de leche más, o un kilo de naranjas para dejarlas junto al plato de quienes lo necesitan. Siempre que él no lo necesite más, que nunca se sabe hacia dónde y hacia quién se disparan las palabras. Como dicen que ya "todo el mundo" tiene acceso a Internet...