-¿Sí? -pregunté sin tratar de esconder mi asombro y curiosidad.
-Correo urgente certificado -contestó un varón al otro lado.

Al abrir pensé en la mala imagen que muestra aparecer ante alguien envuelto en una bata, con las espinillas al descubierto, los calcentines subidos hasta los gemelos y el pelo desaliñado, como si hubiese pernoctado una familia de aves sobre tu cabeza. No ayudaba haber llegado la noche anterior a casa a las cinco o las seis de la madrugada, completamente borracho, y que apenas hubieran pasado un par de horas desde que me acosté cuando el sonido del timbre se me clavó, a la cuarta, en la sien. El tipo vestía completamente de naranja, casi tuve que taparme los ojos al verlo.
-Hola, ¿el señor Jaime Suviant?
-Hola. Sí, soy yo.
-¿Podría mostrarme su DNI por favor?
-¿Es necesario?
-Sí, señor.
-Bueno, espere un momento -dije, después de rebufar sonoramente y abrir los ojos en un intento de recordar dónde tenía mi cartera.
Bolsillo superior izquierdo de la chaqueta: vacío.
Bolsillo interior de la chaqueta: vacío.
Bolsillo delantero izquierdo de la chaqueta: mechero de publicidad gastado
Bolsillo delantero derechode la chaqueta: Vacío.
En los pantalones sólo encontré el móvil y algo de dinero suelto. Eché un vistazo por la habitación, sin demasiada esperanza de hallar el trozo de cuero mientras el frío insistía en subir y bajar por entre mis piernas, aprovechando las corrientes que atravesaban mi bata. Me preocupó no encontrar la cartera, pero no me encontraba con fuerza ni humor para esa tarea, así que intenté solucionar el problema directamente.
-Mire, no encuentro la cartera ahora mismo... ¿no vale con que le diga mi número de DNI?
-No señor, insistieron mucho en que comprobara que lo entregaba al señor Suviant y yo no tengo su número aquí, si usted me diera otro no podría comprobar que es usted hasta que llegue a la oficina a mediodía. Para entonces ya sería demasiado tarde y podría haber leído la carta.
-Pero en el buzón pone mi nombre y esta es mi casa, creo que no puede haber mucha posibilidad de error. Mire -cogí una carta abierta que había en la encimera de la entrada-, estas cartas son mías, las abrí yo mismo. ¿Ve? Es mi nombre.
-Lo siento... puedo volver más tarde si quiere... -el desdén del re-par-ti-dor-de-co-rre-o me sacó de mis casillas, y más cuando vi que se giraba un poco a la izquierda haciendo un claro ademán de darse la vuelta e irse, haciéndose el ocupado con esa mirada al vacío-...Pero no puedo entregarle la carta.

-Mire, pues mejor ya no vuelva hoy...-le dije, echándome hacia atrás y sujetando la puerta, amenazante.
-Pero es urgente, señor y mañana es día festivo... no hay correo...-dijo el tipo volviendo a mirar directamente a mis ojos.
-Tengo el carné de identidad y el de conducir en la cartera, y no tengo otro documento en el que aparezca mi número, creo que no pasa nada si me da la carta y yo firmo el papel -le dije, alzando un poco la voz y dando un paso al frente, enfadado con mi resaca en general y con el tipejo de naranja en particular.
-¿No tiene el pasaporte?- dijo, con una media sonrisa.
-Pues no, no lo tengo -dije, con resignación, más calmado, pensando que el re-par-te-cartas-ur-gen-tes condescendía.
-Lo siento, volveré más tarde -puntualizó, girándose por completo.
-Oiga... -le dije acercándome a él por la espalda, atravesando el umbral de la puerta de mi casa.
-¿Si? -contestó el repartidor de correo que parecía un repartidor de refrescos.
-Verá...- dije, mirándole a la cara. Y, de repente, con un gesto felino de depredador hambriento que no sé de dónde salió, lancé mi mano hacia el sobre y se lo arrebaté de las manos sin darle tiempo a reaccionar.
Al darme la vuelta, mientras el tipo balbuceaba algo, el vértigo se apoderó de mí: el aire que antes jugueteaba por mis ingles empujaba la puerta. Llegué tarde, y me quedé empuñando el pomo con la mano derecha y alzando la carta con la mano izquierda. Me giré y el tipo me dijo con claro gesto de estar disfrutando con la situación:
-Bueno, usted me dirá lo que hacemos...




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