* Despropósito dominical
Estupendo. Por fin un domingo no se despierta a las cuatro con los oídos aún pitándole, como si tuviera dentro dos frenazos de trenes y una batucada brasileña en el cogote. Decide que pasará la jornada tranquilamente en casa. Es lo que más le apetece. Tendrá todo un día para meter la ropa de verano en cajas y sacar los jerseys y el chaquetón. Tiempo para leer lo que lleva escrito, pasarlo al ordenador y corregirlo sin prisas. Para tomar un baño y escuchar su disco favorito de Benny Waters y beber un zumo de naranja entre el humo de las notas de "The not knowing lover". Los pantanos no variarán por unos litros. Se arma de valor y apaga el móvil. Observa el día, despejado como su sesera. El sol golpea en el edificio de enfrente y la luz se refleja cuarenta veces contra sus ojos.
Mira dentro y ve manchas blancas por el efecto.
El cuarto podría pasar perfectamente por un vertedero. Bajo la cama hay restos de todo; montones de papeles con mala caligrafía y desordenados se acumula en la mesa; los observa como quien mira un cadáver y de pronto los borrones le parecen insectos. No quedan naranjas. Pone el disco de Waters para frenar el ánimo, que desciende a velocidad de vértigo. El segundo tema no pasa de los 20 segundos, se repite anclado en un re menor estridente. El resto del disco está rayado. Desenchufa el aparato de un tirón. Se mete bajo el agua pero el butano se termina a la mitad y tiene que terminar la ducha con agua fría y sin música de fondo por primera vez desde...
...en Argumosa ya van por la cuarta caña. Alguien le dice que tiene mala cara. Estornuda y responde:
-Sí. Es que tengo una resaca... Y con el buen día que hace como para quedarse en casa.

El recién creado proyecto editorial
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Acabo de coincidir en un vagón del metro con
taba lo que nunca había dicho
artel metálico que rezaba "Atoche Renfe" y esquivando los dedos índices que la señalaban. Voló aturdida, se detuvo, caminó junto a las vías, y cuando se sintió cómoda emprendió el vuelo hasta perderse en una nueva noche, escondida tras la cortina invisible del túnel. Y se acostumbró a no tener aire libre y se alimentó de 'insectos-sombra' y 'gusanos-tren', cambió el tráfico de afuera por el de las locomotoras con su infinito ir y a venir. Desde la oscuridad observaba a las personas esperar en el silencio entrecortado de la estación, sin temor a sus patadas. Tranquila y feliz, disfrutaba de su nueva vida murciélaga, del juguetón temblor de la tierra. En un hueco y frío hueco de la pared eligió el lugar para anidar.
No intentes ganar premios. 


